Neirahda: Joyería artesanal con alma de etnobotánica y folclore mágico

Detrás de cada pieza de joyería artesanal hay una historia, pero en el caso de Neirahda, esas historias hunden sus raíces en la tierra, la mitología popular y la tradición de nuestros antepasados. Cristina Carneiro, la mente y las manos que dan vida a esta firma, transforma metales  en delicadas formas orgánicas cargadas de simbolismo apotropaico y misticismo. Aunque es originaria de La Mancha, desde hace varios años reside en León, lugar donde se encuentra su taller actual y donde fusiona su formación en Bellas Artes con la pasión por los  procesos manuales.

Su llegada al mundo de la orfebrería no fue una vocación especialmente temprana, sino un destino que se fue fraguando de manera orgánica. Durante su etapa universitaria, Cristina se sintió atraída por el grabado y otras disciplinas de carácter artesanal. Sin embargo, fue al descubrir la joyería cuando experimentó la certeza de haber hallado el lenguaje artístico que verdaderamente la representaba, “la joyería supuso la continuidad natural de ese interés por los procesos manuales y artesanales que ya venía explorando desde hacía tiempo”, asegura.

El vínculo perdido con la naturaleza

La naturaleza es el pilar indiscutible de su obra, pero su enfoque va mucho más allá de la mera contemplación estética. Para la creadora de Neirahda, existe una doble vertiente en su fuente de inspiración. Si bien el entorno natural es fascinante por sí mismo, su interés se multiplica cuando este se vincula con la etnografía y da lugar a la etnobotánica, la ciencia que estudia las relaciones entre las comunidades humanas y el mundo vegetal, “un vínculo que hoy resulta difícil comprender”, atestigua Cristina porque hoy en día, la sociedad vive desconectada de los ciclos naturales, del entorno botánico y de la influencia directa del clima. 

El eguzkilore es una flor de la mitología de Euskadi que actúa como un amuleto protector y que Neirahda convierte en colgante.

No obstante, y no hace tanto tiempo, la naturaleza constituía un elemento esencial en la vida diaria. Las plantas no solo proporcionaban alimento y remedios curativos, sino que estaban dotadas de propiedades mágicas, como demuestran las numerosas tradiciones asociadas a ciertas especies vegetales durante la noche de San Juan. “Es precisamente ese conjunto de creencias lo que despierta mi interés y motiva la creación de mis piezas -prosigue la artista-. No me inspiro en determinadas plantas únicamente por su belleza (aunque esta sea incuestionable), sino por el rico acervo de folclore mágico que cada especie encierra». 

Este profundo interés por el folclore se extiende a todas las disciplinas de la etnografía, con una especial atracción hacia la superstición, las brujas, los seres malignos y los ritos asociados a los difuntos. Esta fascinación nació en su infancia gracias a su abuelo gallego, quien le relataba historias de la Galicia de los años 20 y 30. Esas narraciones despertaron en ella un interés profundo que hoy se refleja en sus diseños.

Modelar en metal la fragilidad orgánica

Equilibrar la estética rústica y orgánica de la naturaleza con la rigidez del metal es, en palabras de la propia artesana, uno de los retos más exigentes a los que se enfrenta en el taller. Evoca, por ejemplo, una colección realizada en torno a la adormidera, cuyos pétalos son extraordinariamente delicados, al igual que los de la amapola. El desafío radicaba en representar esa fragilidad en un material tan duro. Tras varios días testando con probetas, logró encontrar los artificios necesarios para transformar una chapa de plata en una forma que representara la fragilidad de estas flores.

Cristina Carneiro en el taller donde crea todas las colecciones de Neirahda.

A través de la experiencia, cada artesano desarrolla sus propios recursos tras innumerables horas de trabajo e ideas que surgen en los momentos más inesperados. “No sé si siempre lo consigo, pero es a lo que aspiro”. Para Cristina, este recorrido es como una suerte de proceso alquímico. Su aspiración máxima es que sus joyas ayuden a quien las lleva a reconectar con la tierra y sus raíces

Por ello, investiga a fondo cada pieza y comparte ese conocimiento en sus redes sociales, uniendo a personas con sus propias tradiciones locales. “Me resulta especialmente gratificante cuando alguien descubre una tradición de su propia comarca que desconocía a través de mis publicaciones. Recuerdo con particular afecto a una clienta canadiense que adquirió un amuleto tradicional porque le recordaba a sus abuelos españoles”.

Elección de materiales

En el proceso de fabricación, Neirahda emplea principalmente plata, bronce y latón, siendo la plata su metal favorito. Al trabajar con ella, la artesana parte siempre de planchas que lamina, seguetea, conforma y suelda. Por el contrario, para las piezas más volumétricas prefiere el bronce y el latón mediante la técnica de fundición, modelando a mano un prototipo en cera a partir del cual se realiza el molde para obtener las copias. 

La fase más desafiante de todo este proceso sigue siendo el diseño: dar forma a las ideas de la mente y traducirlas en algo técnicamente viable, un esfuerzo mental creativo que rara vez se visibiliza. “A menudo se romantiza el trabajo artístico, pero rara vez se habla de las dificultades del proceso creativo, que en muchas ocasiones exige un enorme esfuerzo mental”.

La hexapétala se ha convertido en el símbolo favorito de Neirahda.

Respecto a la selección de piedras y gemas, el enfoque varía según la colección. En las colecciones botánicas, utiliza las gemas exclusivamente para evocar el color más característico de la planta representada, buscando con precisión el tono, saturación y brillo exactos, sin basarse en propiedades místicas ajenas a su apariencia.

Mientras que en las colecciones inspiradas en amuletos tradicionales, el criterio cambia por completo. “En ese caso, siento que me vinculo con un conocimiento que no es mío, sino que me es transmitido por generaciones que atribuían a los símbolos y a ciertos materiales un poder intrínseco. Por ello, procuro ser fiel a los materiales con los que estos amuletos se fabricaban en la sociedad tradicional”. 

Sus amuletos preferidos

Dentro de sus colecciones de amuletos, hay un símbolo que se ha convertido en su predilecto: la hexapétala. “Debo admitir que, desde hace años, la busco allá donde vaya. Quienes me conocen saben que me resulta imposible contenerme y que, al encontrar una nueva, suele escapárseme un pequeño grito de entusiasmo”, reconoce Cristina.

La Belladona es una planta con muchas historias y leyendas a su alrededor y también, es protagonista en las joyas de Neirahda.

Este motivo de raíz indoeuropea y gran antigüedad fue adoptado por el mundo romano, se integró en el visigodo y el prerrománico, y terminó asimilándose en el arte popular. Entre los siglos XVII y XX, resurgió su significación solar y protectora, apareciendo con frecuencia en viviendas de España —en dinteles de piedra, puertas, chimeneas y aperos de labranza— con el fin de prevenir el aojamiento de las brujas o proteger contra espíritus malévolos.

A diferencia de los talismanes que buscan atraer la buena suerte, las piezas de Neirahda se centran en el poder apotropaico de carácter protector y defensivo propio de la sociedad tradicional. Estos amuletos solían tener usos muy específicos, como las higas o figas contra males genéricos, o el haba de Santa Lucía (opérculos de ciertos moluscos), utilizada mediante principios de magia simpática para dolencias de la vista, el oído o la fertilidad.

Joyas que cuentan historias

Los amuletos que recrea Cristina provienen de un vasto legado cultural extendido por gran parte de la península ibérica. “Hay un estudio muy interesante titulado La fascinación en España. En 1901, la sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid impulsó una gran encuesta en todo el país, en la que los informantes debían responder preguntas sobre costumbres y supersticiones relacionadas tanto con el ciclo de la vida como con el mundo de lo invisible: brujas, mal de ojo, apariciones…”.

A partir de los resultado, Rafael Salillas publicó en 1905 el estudio La fascinación en España: brujas, brujerías y amuletos que se ha convertido en una de las fuentes de cabecera de la joyera. “Gracias a esta obra pionera en el ámbito de la etnografía y el folclore mágico, hoy conservamos el testimonio de personas que, a principios del siglo XX, aún creían convivir con vecinas consideradas brujas, temían la influencia de la luna o evitaban la mirada del lobo para no quedar aojados. Tras la lectura de éste y otros libros, se comprende que el uso de muchos de estos amuletos estaba extendido por gran parte de la península ibérica”.

Históricamente, la Belladona era la planta de las brujas y ahora, fuente de inspiración en las joyas de Neirahda.

A través de lecturas como esta o el Catálogo de la colección de amuletos del Museo del Pueblo Español (1945) de Carmen Baroja, la diseñadora comprende que, aunque cada región tenía sus particularidades, todas compartían miedos comunes como la enfermedad, la pérdida de cosechas o las envidias comunitarias.

Contrario a la creencia popular de que los amuletos deben esconderse, la mayoría de los objetos protectores tradicionales estaban concebidos para ser completamente visibles. Un claro ejemplo son los cinturones dijeros que se colocaban a los niños durante siglos, representados en obras artísticas que van desde las Madonnas con Niño del siglo XIV hasta el retrato de Ana Mauricia de Austria del siglo XVI. “Estos objetos tenían como función atraer la atención de quien pudiera causar el mal de ojo, distrayendo su mirada negativa lejos del infante”.

Legado de identidad cultural

Para Cristina, la joyería es un pilar esencial de la indumentaria tradicional y la identidad de un pueblo. “Pensemos, por ejemplo, en el traje de vistas de La Alberca, un atuendo cuya espectacularidad se debe en gran medida a las piezas de joyería que lo componen, llegando a pesar alrededor de diez kilos y constituyendo, de hecho, su elemento más distintivo”.

En un mundo contemporáneo marcado por la cultura de usar y tirar, la creadora invita a hacer un ejercicio consciente para entender el valor de la orfebrería de antaño, donde las mujeres ahorraban durante años para adquirir unas arracadas que pasarían de generación en generación, o donde recibían su dote en forma de joyas en lugar del hermano varón, que heredaba la casa y las tierras. La joyería, en definitiva, siempre ha sido mucho más que un adorno estético: “Era un legado destinado a las generaciones futuras y un depósito de significados simbólicos y mágicos que hoy apenas alcanzamos a imaginar”.