El traje de Danzante de Valverde de los Arroyos: Tesoro de la tradición alcarreña

En el corazón de la provincia de Guadalajara (España), se halla un entorno marcado por la singularidad de la Arquitectura Negra, donde la pizarra oscura de las viviendas sirve de lienzo a la tradición. De este paisaje, dominado por el gris de la pizarra y la sobriedad del monte, surge cada año una explosión de color que desafía la estética del entorno. Hablamos del traje de los danzantes de la Octava del Corpus, en Valverde de los Arroyos, una vestimenta que no solo es un atuendo festivo, sino una reliquia etnográfica cargada de simbolismo, religiosidad y resistencia cultural.

Este traje, que visten los ocho miembros de la hermandad religiosa durante los ritos de la Octava (el domingo siguiente al Corpus Christi (que se celebra 60 días después del Domingo de Resurrección), es uno de los más complejos y espectaculares de España y, además, está lleno de simbolismo.

La arquitectura del traje

Vestirse de danzante es un ritual que requiere tiempo y la ayuda de manos expertas. No se trata de ponerse ropa, sino de ‘armar’ una figura singular. Primero, se cubre el cuerpo del danzante con una camisa de lino o algodón blanco, de mangas anchas y puños cerrados.  Abajo, llevan un pantalón también blanco que queda oculto casi en su totalidad bajo las enaguas, permitiendo la movilidad necesaria para los saltos y cruces de las danzas de paloteo.

En los Danzantes de Valverde de los Arroyos las castañuelas, decoradas con cintas rojas, son un accesorio más.

El elemento más sorprendente y femenino es el uso de la falda. Los danzantes visten enaguas blancas adornadas con puntillas, encajes y bordados de ‘tirana’. El bordado de ‘tirana’ es un tipo de bordado blanco sobre blanco (aunque a veces incorpora sutiles relieves). Se caracteriza por ser un trabajo de hilo contado o sobre dibujo previo, donde se combinan diferentes puntos para crear texturas.

Sobre estas, se coloca un faldellín corto, también blanco, que vuela espectacularmente cuando los danzantes giran sobre sí mismos al son de la dulzaina. Esta prenda dota al conjunto de una ligereza visual que contrasta con la fuerza de los golpes de los palos. Al bailar, las enaguas se ahuecan y ello confiere al bailarín una silueta etérea que busca elevarlo por encima de lo terrenal durante los saltos. 

Elementos representativos 

A la espalda suelen llevar cintas de pasamanería de colores (verdes, amarillas, rosas…) y llevan una banda ancha de color rojo. De este color es también la cinta que usan para atar las mangas de la camisa por encima del codo. Además, un pañuelo o corbata floreado y un mantón de Manila o pañuelo de seda enriquecido con motivos florales se anuda a la cintura, añadiendo capas de textura y color.

El sombrero de los Danzantes de Valverde de los Arroyos es una verdadera obra de arte popular.

Pero lo más llamativo del traje es el sombrero, un elemento totémico que define al danzante de Valverde de los Arroyos. Es una obra de arte de la artesanía popular que se hereda y se restaura con mimo extremo. Su estructura es un sombrero de ala ancha que sirve de base para un «jardín» vertical. Está cubierto casi en su totalidad por flores de tela, papel y seda de colores vibrantes. Estas flores simbolizan el triunfo de la vida y la primavera. Dispersos entre las flores, se encuentran pequeños espejos redondos. Antiguamente, se creía que estos espejos servían para reflejar la luz del sol y cegar al demonio. 

Cada pieza del traje de la Octava del Corpus tiene una razón de ser. Los calcetines blancos y las alpargatas de esparto están diseñados para una mayor comodidad del danzante. El sonido también forma parte del ‘traje’: las castañuelas que portan los danzantes en sus manos y el choque rítmico de los palos de encina completan una experiencia sensorial que transporta al espectador a una época donde el rito era el centro de la vida social. 

El personaje del botarga

No se puede entender el traje del danzante sin su contraparte: el del botarga. Este personaje es el encargado de abrir paso, poner orden y aportar un toque satírico y pagano a la fiesta. Mientras los danzantes visten de blanco y seda, el Botarga lleva un traje de paño fuerte con cuadros de colores (amarillos, rojos y negros), una máscara y una porra. Los colores del traje del Botarga y el estruendo de las castañuelas remiten a ritos ancestrales de fertilidad y protección de las cosechas.

El traje del botarga suele ser de colores muy vivos (rojo, amarillo, verde) con motivos geométricos o de rombos.

El fotógrafo y documentalista José-María Moreno García —autor de las fotos de este post— describe así la ceremonia. “Los danzantes suben hasta la era, un alto prado sobre el pueblo, rodeado de las altas montañas antes citadas, y allí danzan ante el Sacramento varias veces, formando el baile de La Cruz, que se ejecuta al son del tambor, la flauta y las castañuelas que hacen sonar los propios danzantes. Luego se baja a la plaza, y allí se ejecutan otros bailes rituales: El Verde, El Cordón, Los Molinos y La Perucha, de paloteo y cintas, de gran belleza plástica, acompañadas del monótono y peculiar sonido del músico”. 

Para quien no conozca el paloteo, es una danza ritual de origen ancestral, probablemente guerrero o agrario. Cada danzante porta un par de palos de encina, una madera muy dura que garantiza un sonido nítido y evita que se rompan con los golpes. Los danzantes chocan sus propios palos entre sí y, acto seguido, los chocan con los de sus compañeros (el de enfrente, el de al lado o al cruzarse). El paloteo requiere una concentración absoluta; un error en el golpe puede romper la cadena de movimientos de todo el grupo. Mantener viva la Octava del Corpus no es solo un acto de fe o de folclore, sino un ejercicio de resistencia cultural. Es el triunfo de lo artesanal frente a lo industrial y de lo comunitario frente a lo individual.

Fotos: José-María Moreno García