La Tarantella es mucho más que una danza; es un vibrante caleidoscopio cultural que late con especial fuerza en el sur de Italia, principalmente en regiones como Apulia (Puglia), Calabria, Campania y Sicilia. Musicalmente, se caracteriza por un compás acelerado, donde el ritmo frenético marcado por panderetas, castañuelas y acordeones guía una técnica de pasos rápidos y saltos enérgicos.
Históricamente, su simbolismo está ligado al tarantismo, un antiguo ritual místico-terapéutico donde el baile servía para «exorcizar» el veneno de la picadura de una tarántula a través de un trance catártico. Hoy en día, esta danza ha evolucionado hacia una expresión de alegría comunitaria y cortejo, siendo la protagonista indiscutible en bodas, festivales locales y eventos.
Adaptar el baile a los tiempos modernos
El dúo de danza compuesto por Elisa David y Giovanni Fiumanò lidera el proyecto Taranta Steps, una iniciativa que busca proyectar las danzas tradicionales del sur de Italia como un patrimonio cultural universal. El proyecto no solo persigue la difusión artística, sino que profundiza en el contexto histórico y las estructuras sociales que moldean este arte. «Nos conocimos a inicios de 2024 como integrantes de un grupo folclórico dedicado a la tarantela calabresa», explican los fundadores.
La chispa del proyecto surgió lejos de casa: «Iniciamos nuestra andadura en Londres en junio de 2025, invitados por la profesora Tatiana Ferlito para impartir talleres escolares. Tras esa experiencia, decidimos trasladar la iniciativa al Piamonte, en el norte de Italia, nuestra región de residencia actual».


El proyecto Taranta Steps está formado por Elisa David y Giovanni Fiumanò.
Aunque ambos nacieron en el sur, pertenecen a la primera generación de familias migrantes de Calabria y Sicilia. Esta dualidad define su propuesta. «Empezamos a bailar casi por azar para conectar con nuestra herencia meridional, pero pronto descubrimos que la danza era nuestro lenguaje más auténtico», confiesan. Tras años de estudio sobre las tradiciones de Calabria, Apulia y Campania, el dúo ha logrado una síntesis propia: «Sentimos la urgencia de rescatar estas tradiciones orales para reconectar con nuestras raíces desde una mirada personal y queer».
Lo que nació con un enfoque educativo ha evolucionado hacia una propuesta sólida que concilia tradición e innovación. «Para nosotros, innovar implica investigación social. Cuestionamos las estructuras patriarcales que a menudo rodean estas danzas; imposiciones reforzadas más por la estética de los grupos folclóricos que por la esencia de la tradición», señalan. Bajo esta premisa, el dúo busca redescubrir la dimensión mágica, ritual y espiritual de este arte, expresando las relaciones contemporáneas a través del movimiento mientras honra la historia de sus comunidades.
Mapa de la taranta
Antes de profundizar, conviene distinguir los tipos de taranta, pues el sur de Italia alberga un mosaico de bailes con simbologías e intenciones propias según su geografía.
Calabria: El sonido de la tradición
En esta región destaca u sonu (literalmente, «el sonido»), cuyo nombre evoca la sonoridad única del tamburello, el organetto y la zampogna. Dentro de esta vertiente coexisten diversos estilos; por ejemplo, en Reggio Calabria, la viddhaneddha protagoniza festividades religiosas y sociales. Se trata de un baile de pareja con un profundo simbolismo natural: mientras el líder emula el cortejo de las aves, su pareja recrea la silueta de las antiguas ánforas griegas. Esta riqueza es tan vasta que la tarantela se transforma de un pueblo a otro, adquiriendo matices locales únicos.

Imagen: «Bailarines de Tarantella». Athanasius Kircher. 1673. Biblioteca Wellcome, Londres.
Apulia: Convivencia y simbolismo
En la península de Salento se originó, a finales del siglo XVIII, la pizzica pizzica. Aunque suele confundirse con un baile de cortejo, nació en el ámbito doméstico como una forma de convivencia generacional. Se baila entre personas de cualquier género con fines lúdicos, lo que permite interpretar los vínculos afectivos libremente, sin las ataduras de las normas tradicionales. Una variante singular es la pizzica scherma, ejecutada como un duelo que simula un combate de espadas mediante movimientos de extremidades.
Campania: El ritmo del Vesubio
Por último, la región del Vesubio es la cuna de la tammurriata. Esta danza ancestral de origen pagano, con vestigios que se remontan al siglo II a.C., estuvo vinculada originalmente a los ciclos agrícolas de siembra y cosecha. Con el tiempo, evolucionó hacia una expresión votiva dedicada a la Virgen María, transformando el movimiento en una forma de oración. Actualmente, esta dimensión espiritual persiste en celebraciones como la festividad de la Madonna delle Gallineen Pagani.
Respetar la esencia
Originalmente, estos bailes de tradición oral fueron creados y transmitidos de forma espontánea por las comunidades locales. Elisa y Giovanni experimentan con las coreografías respetando siempre la “gramática” de la danza. “En una presentación el pasado octubre en Asti, interpretamos una tammurriata tradicional introduciendo movimientos nuevos, pero vinculados a las tareas domésticas y del campo. Queremos celebrar estas danzas como tradiciones vivas que reflejan prácticas actuales, no solo del pasado”.
Este enfoque se extiende a la música, donde el dúo explora sonoridades contemporáneas: «Investigamos la conexión entre el sonido ancestral del tambor y los ritmos techno. Los pasos de la tarantela, la pizzica y la tammurriata encajan en los entornos electrónicos de forma casi natural”.
La importancia de la comunidad
En estas danzas, la música —especialmente cuando es en vivo— es mucho más que un acompañamiento. “El baile une a quienes danzan y a quienes tocan. Tanto en la pizzica como en la tarantela, la acción ocurre en círculos participativos: la ronda y la rota. Los músicos forman parte de ese anillo, rodeando a la pareja central mientras los bailarines se turnan según las normas locales”. En el caso de la tammurriata, el diálogo es aún más estrecho: los propios bailarines tocan la castañuela en sincronía con otros músicos que tocan la tammorra (un gran tambor de marco típico de la región). Esta interacción entre instrumentistas y danzantes es un elemento inseparable de la pieza.
Elisa y Giovanni colaboran con Fiuri Calabrisi, un grupo de tarantela calabresa e integrado por migrantes del sur de Italia y sus descendientes radicados en el norte italiano. “Nosotros formamos parte del conjunto de danza, acompañados por una banda que emplea instrumentos tradicionales como la pandereta, el acordeón y la guitarra”. Bajo la dirección de Deborah Tempesta, de 25 años, el grupo demuestra que la tradición no tiene barreras: entre sus miembros conviven desde jóvenes de 11 años hasta veteranos de 85.
Mucho más que un baile
La Taranta nunca podría convertirse en una disciplina de gimnasio ni un híbrido de fitness. “En nuestros cursos partimos siempre del contexto cultural e histórico. Estas danzas son expresiones vivas que cargan con nuestra historia social y están ligadas a la religiosidad popular; no pueden reducirse a rutinas de ejercicio. Se bailan por placer, sí, pero con respeto y atención a su origen” explican los bailarines.


Los cursos que imparte Taranta Steps parten de un contexto cultural e histórico.
Este arte posee un lado místico arraigado en el tarantismo, un antiguo ritual de sanación donde la música y el baile frenético actúan como remedio contra el ‘veneno’ de la melancolía. Más que una danza, es un proceso catártico: el ritmo obsesivo del tambor permite liberar tensiones emocionales y sufrimientos psíquicos. Al transformar el dolor individual en una expresión rítmica colectiva, la comunidad ayuda a recuperar el equilibrio. “Solemos decir —medio en broma, ¡pero no del todo!— que la taranta no se ha extinguido; solo ha adoptado nuevas formas para purificar los males de la sociedad contemporánea”.
Estas danzas trascienden el entretenimiento. “Son una vía para comunicar estados emocionales profundos. Es un remedio para el alma porque ofrece un canal para liberar lo que llevas dentro”, señalan Elisa y Giovanni. Aunque otros estilos pueden ser terapéuticos, aquí el factor diferencial es la comunidad: la pizzica se baila dentro de la ronda, un círculo humano vibrante. “La energía que irradia del centro de una ronda tradicional es indescriptible; te devuelve la vida. Tienes que experimentarlo para creerlo. No se puede —ni se debe— olvidar que esta danza nació como medicina”.
El equipo para bailar
En la pizzica, la tradición dicta bailar descalzo y emplear un pañuelo como recurso narrativo. Aunque hoy predomina la neopizzica sobre las formas folclóricas más antiguas, el uso de faldas largas y el contacto directo con el suelo permanecen como rasgos distintivos. Por su parte, la tarantela actual no exige una vestimenta específica y otorga el protagonismo a los gestos de las manos. No obstante, persisten trajes tradicionales con variantes regionales muy marcadas, como los de las comunidades Arbëreshë, enclaves albaneses en Calabria, cuyos diseños difieren notablemente de los usados pos jóvenes y pastores.

En Taranta Steps experimentan con las coreografías pero respetan siempre la “gramática” de la danza.
Finalmente, en la tammurriata, las castañuelas son icónicas. Más que simples instrumentos rítmicos, suelen ser decoradas por los propios bailarines, convirtiéndose en una extensión de su identidad dentro del baile.
Aunque la taranta puede ejecutarse con ropa contemporánea, conocer el vestuario tradicional es clave para comprender la esencia del baile. “En la tarantela calabresa, los roles de líder y seguidor incorporan gestos asociados al bastón y al delantal; incluso sin llevarlos, movimientos como alzarlos siguen formando parte del baile y conservan su energía», explican”.
Cuando Elisa y Giovanni bailan ataviados con los trajes populares, su perspectiva se transforma. “La vestimenta tradicional nos ayuda a conectar con la energía que rodea a esta danza, incluso aceptando prendas que hoy consideraríamos como incómodas. Bailar así no es solo una actuación; es tocar cuerdas ancestrales y despertar una identidad arraigada en el Sur, algo que llevamos en nuestro ADN”.
Difusión global
Las redes sociales actúan como puente entre la danza ancestral y el mundo hiperconectado. “Al ser expresiones vivas que practicamos a diario, nos resulta natural compartirlas en plataformas digitales para dar visibilidad a nuestra cultura”, explican. Estas comunidades en línea funcionan como una nueva herramienta de transmisión oral, pues permiten aprender mediante la observación directa: “¡Nosotros mismos hemos aprendido mucho viendo vídeos! La imitación siempre ha sido fundamental para interiorizar estas tradiciones”.
Sin embargo, estas plataformas tienen limitaciones. El diálogo entre el movimiento y la música en directo es esencial, pero hoy resulta difícil encontrar músicos especializados en instrumentos poco comunes como la lira calabresa o la zampogna. “En condiciones ideales, los pies marcan el ritmo de la pandereta y esta, a su vez, despierta el movimiento de los pies”.
Los grandes eventos de música tradicional son vitales para la supervivencia de este arte. Elisa y Giovanni destacan el Festival de Tarantela de Kaulonia, en Calabria; una cita internacional que permite conocer la auténtica tarantela calabresa en sus diversos estilos. “Allí, la coreografía la dirige el propio público, gestionada íntegramente por la comunidad. Estos encuentros ayudan a preservar bailes que, conviene recordar, nunca fueron concebidos para grandes escenarios”. Si bien estos festivales representan una evolución de la práctica colectiva, el dúo advierte sobre el riesgo de comercialización: es fundamental proteger los elementos espirituales y sagrados para que la esencia de la tradición no se desvanezca en el espectáculo.
