En cuanto llega el mes de febrero, toda Europa se despierta con las mascaradas, rituales de origen ancestral que, desde la antropología, se interpretan como mecanismos de control del caos y de celebración de la fertilidad durante el solsticio de invierno. Estas manifestaciones, especialmente vivas en las zonas rurales, utilizan el elemento de la máscara no para ocultar una identidad, sino para invocar fuerzas numinosas y animalescas que rompen el orden cotidiano.
Los personajes, ataviados con trajes de pieles u hojas, tocados con coronas o cuernos de animales, tal y como lo hacían sus antepasados, desempeñan una función protectora. A través del estruendo de sus cencerros y otros instrumentos buscan ahuyentar los males y despertar a la tierra de su letargo invernal.
Etnográficamente, estas fiestas actúan como potentes ritos de paso para la juventud y como herramientas de cohesión social donde la jerarquía se invierte mediante la parodia y el ‘impuesto ritual’ del aguinaldo, redistribuyendo recursos en banquetes comunales. Se trata de un tiempo de transición donde lo sagrado y lo profano se funden, permitiendo una catarsis colectiva necesaria para la estabilidad del grupo.

En el Carnaval rural de Zubieta (Navarra), los vecinos se disfrazan de animales. Foto: Carlos González Ximénez.
A pesar de las prohibiciones históricas y del éxodo rural, su persistencia actual demuestra que la máscara sigue siendo un símbolo de resistencia cultural y una respuesta identitaria frente a la globalización. Las mascaradas son el vestigio de una cosmovisión donde el ser humano se integra con los ciclos de la naturaleza a través del teatro, el ruido y la transgresión ritualizada.
La máscara revelada
Carlos González Ximénez (Madrid, 1961) es un referente de la antropología visual española que ha dedicado su carrera a documentar ritos ancestrales, algunos de ellos en peligro de extinción. Su obra destaca por un rigor documental único, plasmado en publicaciones esenciales como Inverno mágico y Mascaradas raianas, donde retrata el atavismo de la península ibérica. Con una mirada que equilibra lo artístico y lo etnográfico, ha protagonizado exposiciones como Analogías, consolidando un archivo gráfico vital sobre la identidad rural. Su trabajo no solo registra la estética de la máscara, sino que preserva la memoria de un patrimonio inmaterial que resiste al paso del tiempo.
Ahora que estas celebraciones carnavalescas se encuentran en plena ebullición, Carlos explica qué le impulsó a documentar estos ritos. “No hubo una decisión consciente y cerrada, sino un proceso. Al principio fotografiaba estas fiestas movido por la curiosidad y por una sensación difícil de explicar: la de estar ante algo antiguo, poderoso y todavía vivo. Con el tiempo entendí que no estaba ante simples celebraciones populares, sino ante sistemas simbólicos complejos: rituales de paso, de inversión del orden, de renovación. Fue entonces cuando asumí que quería dedicarles tiempo, respeto y una mirada a largo plazo”.


Boteiro del entroido de Viana do Bolo (Orense) y Volante del entroido de Riberao, en Chantada (Lugo). Fotos de Carlos González Ximénez.
El hallazgo de nuevas localizaciones amplió su campo de trabajo tanto en el plano temporal como en el territorial. “Cuando empecé, hace más de treinta años, era consciente de que en muchos lugares estaba fotografiando algunas de las últimas manifestaciones de estas mascaradas antes de su degradación o incluso de su desaparición. En aquel momento, la despoblación rural y la falta de relevo generacional hacían pensar que se trataba de un patrimonio en retirada”.
Buenos tiempos
Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un fenómeno inverso. “Las mascaradas han despertado un nuevo interés, tanto entre los vecinos como entre personas ajenas a los pueblos, y muchas tradiciones que se habían perdido hace medio siglo, se están recuperando. Otras que estaban a punto de extinguirse, han ganado nuevos protagonistas, a menudo descendientes de esos mismos pueblos y herederos de esas culturas”.
Gracias a ello, hoy asistimos a un resurgir de esta cultura ancestral en la Península Ibérica. “Por eso, no trabajo desde una urgencia alarmista, sino desde la documentación consciente: fotografiar no salva un ritual, pero sí deja constancia de su existencia, de sus formas y de su dignidad cultural”.


Cucurrumacho del carnaval de Navalosa (Ávila) y Carnaval del Gallo en Mecerreyes (Burgos). Fotos de Carlos González Ximénez.
Su primer contacto fue en la localidad zamorana de Riofrío de Aliste (España), donde cada Año Nuevo se despliega un complejo entramado festivo: mascaradas que recorren el pueblo pidiendo el aguinaldo casa por casa, luchas o enfrentamientos simbólicos entre grupos, escenas de teatro rural y una intensa participación colectiva. “Las primeras mascaradas siempre dejan una huella profunda, porque se viven con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Ver por primera vez a esos personajes en su propio territorio es un impacto difícil de olvidar. Pero, más que una mascarada concreta, lo que me marcó para siempre fue la sensación de que esas figuras no estaban ‘representando’ algo, sino siéndolo durante el ritual”.
La imagen en el contexto
La estética visual y el trasfondo antropológico son inseparables. “El trasfondo antropológico es fundamental en mi línea de trabajo y tiene un peso decisivo a la hora de elegir qué festividades documentar. El hecho antropológico me aporta las claves para entender el origen, la función y el significado de las mascaradas; me da pistas sobre los propios personajes y sus transformaciones”.

La figura de El Jarramplas recibe una lluvia de nabos en Piornal (Cáceres). Foto: Carlos González Ximénez.
Para el fotógrafo, la elección de una mascarada —o la decisión de posponerla— depende de varios factores. “Por un lado, la fragilidad del ritual, su singularidad y el momento vital que atraviesa la comunidad. Hay fiestas que sabes que seguirán existiendo dentro de diez años y otras que se mantienen en un equilibrio muy precario. Pero también hay un criterio de trabajo muy claro: sigo un orden geográfico a la hora de estudiar las mascaradas, intentando cubrir de forma coherente todo el territorio. Dentro de ese marco, priorizo aquellas que despiertan un mayor interés para mi investigación, ya sea por el tipo de máscara, por su complejidad simbólica o las conexiones que establecen con otras zonas. A esto se suma el acceso y el tiempo necesario para documentarlas con respeto y profundidad”.
Más iguales que diferentes
La estética es la puerta de entrada: las máscaras, los trajes, los materiales y la fuerza ornamental. “La estética me permite generar un registro visual riguroso que después puedo comparar con otros registros obtenidos en distintas expediciones, estableciendo relaciones y sacando conclusiones. La imagen sin contexto es solo superficie; el contexto sin imagen pierde parte de su potencia simbólica”.
Carlos halla constantemente analogías sorprendentes entre mascaradas separadas geográficamente. “Figuras liminares, uso de pieles animales, inversión de roles, ruido, fuego, máscaras grotescas… Son patrones que se repiten no solo en regiones separadas de la Península Ibérica, sino también entre continentes. Llevo años trabajando con las máscaras rituales de México y he observado ciertos parecidos y paralelismos con las nuestras. En la Península, incluso podríamos agrupar las máscaras en ‘familias’, algunas de las cuales muestran conexiones que nos remiten al norte de Europa, a Italia o a Grecia. Esto demuestra que estamos ante un sustrato simbólico compartido, más profundo que las fronteras administrativas o geográficas”.
La importancia de los detalles
El plano entero es el elegido por Carlos a la hora de fotografiar a los protagonistas. “Me interesa el personaje como entidad simbólica. El retrato estático permite observar con detenimiento los detalles, los materiales, los gestos y la relación entre la máscara y el traje; a ese conjunto lo denomino ‘máscara’. Este tipo de imagen me permite aislar al personaje del contexto inmediato y convertirlo en un objeto de estudio, facilitando la comparación con otras máscaras de distintos territorios”.

Los Joaldunak del carnaval de Ituren (Navarra) llevan grandes cencerros para despertar la tierra. Foto: Carlos González Ximénez.
Aunque Carlos también tiene un amplio trabajo en la fotografía ‘de acción’ que responde a otra lógica, el retrato estático es para él una herramienta fundamental. “Sirve para suspender el tiempo ritual y permitir que el personaje ‘se muestre’ en toda su complejidad simbólica”, explica, algo que se aprecia en su proyecto Máscara Ibérica y en sus trabajos posteriores. Es una labor pensada para el análisis y para las generaciones futuras, concebida como un registro visual riguroso.
Al ponerse manos a la obra, Carlos establece con el personaje una relación basada en la confianza y en el tiempo. “No llego, fotografío y me voy. Escucho, observo y explico con claridad por qué estoy allí. En muchos casos, la cámara aparece después de la conversación”. Además, sus años de experiencia y el conocimiento del ritual generan respeto mutuo que a menudo deriva en amistad. “Se produce un intercambio real: de historias, de memoria y de confianza. Esa relación es tan importante como la imagen final”.
No siempre ha sido un camino de rosas; en algunos sitios ha encontrado reticencias a la hora de inmortalizar un personaje. “Entender esos límites forma parte del trabajo. A veces, la ausencia de imagen dice más que cualquier fotografía. Ha habido situaciones de todo tipo y, en contadas ocasiones, sobre todo hace años, he percibido que no era bienvenido y he optado por replegarme. En algún caso se produjeron actitudes que, bajo la apariencia de broma, resultaban incómodas, por el deseo de preservar su cultura de miradas externas. Son situaciones excepcionales y, en cualquier caso, en la última década no he vuelto a vivirlas”.
Las más auténticas
Las mascaradas más genuinas suelen ser aquellas que se celebran en zonas rurales poco pobladas. “Uno de los motivos por los que estas tradiciones se han mantenido es el aislamiento y la necesidad de la comunidad de celebrar festivales que marcan el ciclo anual. Muchas desaparecieron con la muerte o la despoblación de los pueblos, y cuando empecé a documentarlas, era en las aldeas más pequeñas donde encontraba más autenticidad en las máscaras, a pesar de la pérdida de algunos personajes por la falta de mozos”.


Los Kukeri son las figuras más importantes del carnaval de Bulgaria. Fotos: Carlos González Ximénez.
Sin embargo, el tamaño de una población no siempre determina la pureza de la mascarada. “Existen grandes festivales, como los entroidos gallegos, que se celebran en localidades más pobladas, como Viana do Bolo, y que mantienen plenamente sus rasgos esenciales. La autenticidad depende más de la continuidad del ritual y del compromiso de la comunidad que del tamaño o aislamiento del lugar”.
Factores adversos
Inevitablemente, factores como la turistificación masiva, la globalización, la hiperconexión o el consumismo están modificando estos rituales. “Algunos cambios son superficiales y otros más profundos. Cuando empecé, hace más de treinta años, este mundo atravesaba una clara decadencia: la despoblación rural, la falta de interés por la identidad ligada a las mascaradas y la escasa participación de los jóvenes hacían pensar que muchas tradiciones estaban condenadas a desaparecer. Era un mundo que se nos iba”.
Con el paso de los años y como respuesta a la globalización, surgió una etapa de reconocimiento del propio patrimonio, de toma de conciencia sobre su alto valor cultural y simbólico. “Hoy asistimos a un proceso de recuperación de muchas mascaradas; algunas se han reactivado a partir de la memoria colectiva, otras incluso se han reinventado, pero, en general, existe un interés renovado por la máscara como elemento identitario del pueblo. Este proceso atrae a turistas, fotógrafos y curiosos, y genera una presión externa evidente”.

‘El Diablo chico’ participa en las fiestas (u Obisparas) que se celebran en Sarracín de Aliste (Zamora). Foto: Carlos González Ximénez.
En algunos casos las tradiciones se han vuelto más abiertas y participativas con los forasteros; en otros, se mantiene una separación clara entre comunidad y visitante, para preservar los códigos internos del ritual. En cualquier caso, es evidente que el escenario es distinto al de hace tres décadas. “No creo tanto en una ‘pérdida de esencia’ como en una transformación constante: las mascaradas siempre han cambiado. Lo verdaderamente delicado es cuando lo hacen únicamente para agradar a una mirada externa, sin un vínculo real con la comunidad que las sostiene”.
Documentar en la era del algoritmo
Documentar el folclore en el siglo XXI es, en esencia, tender un puente de fibra óptica entre la memoria de los abuelos y la curiosidad de una generación que busca sus raíces en una pantalla, asegurando que el latido de la identidad humana siga vibrando, infinito y mutable, en la gran base de datos del tiempo. Sin embargo, no es una tarea fácil. “Exige tiempo, paciencia y un compromiso constante. Con todo, me ha sorprendido gratamente ver que mi trabajo ha captado la atención de colectivos jóvenes dedicados a la música de raíz, así como de pintores, diseñadores de ropa, cineastas y otros creadores. Estas nuevas generaciones se acercan al folclore buscando una base cultural que vincule la identidad con la creatividad contemporánea. El reto es tender estos puentes sin banalizar las tradiciones ni perder su sentido profundo”.
El libro de Carlos González Ximénez, Máscara Ibérica, verá la luz en 2026 y el fotógrafo nos desvela lo que vamos a ver en sus páginas. “Es un proyecto de largo recorrido que busca mostrar la riqueza, diversidad y profundidad de las mascaradas de la Península Ibérica desde una mirada fotográfica y antropológica. No se trata de un libro de imágenes, sino de un archivo visual y cultural que pone en diálogo territorios, personajes y rituales, reivindicando su vigencia en el presente. Aunque dejé muchas máscaras fuera, las seleccionadas ofrecen una muestra representativa de la inmensa diversidad cultural y simbólica de estas tradiciones”.
